jueves, 4 de octubre de 2012

Los piropos dominicanos

Caminaba con suma dificultad. Mi pelo parecía un estropajo viejo o un brillo verde de fregar, la brisa se había encargado de hacer un desastre en mi cabeza. Mi maquillaje se había descorrido, sudaba copiosamente.

Yo no sé qué me vieron que profirieron sus frasecitas desagradables que en vez de levantar el ánimo asustan a cualquiera. No entiendo qué piensa el hombre cuando piropea a una desconocida.

Hay quienes son muy decentes, pero algunos se pasan. Te dicen algo no importa si eres delgada, gordita, rubia, morena, joven o vieja. Simplemente tienen que decir algo, no pueden ver a una mujer camminar frente a ellos sin sacar una frase espectacular y sumamente creativa.

Los nombres que más detesto son: menol, flaca, mi amor, mami, reina, negra. Esos son nombres, qué decir de las frases: "¡Con esa me voy a casar!". "¿Mami to' eso e' tuyo?". "¡Arró que carne hay!". "¡Cuántas curvas y yo sin freno!"

Me encantaría continuar con las frases pero si subo la intensidad esto se pondrá muy plebe.

Lo dejo a su libre imaginación y si desean pueden añadir frases y nombres que no sean muy subidos de tono.

viernes, 22 de junio de 2012

Lo que se consigue mordiendo una oreja

Puñetazo a la derecha; salto; gancho con la izquierda, esquiva. Los frenéticos espectadores gritaban. Era el boxeador más joven de la historia en conseguir un título mundial de los pesos pesados. Sudaba copiosamente, parecía un animal de carga.

Era el octavo round cuando abrazó a su contrincante e inesperadamente, le mordió la oreja durante una pelea en Las Vegas en 1997.

El boxeador estadounidense Michael Gerard Tyson, mejor conocido como Mike Tyson, ganó dos veces el título mundial de los pesos pesados en la década de los 80's con tan sólo 20 años.

Según el periódico español El Mundo, lo que le llevó a cometer semejante agresión fueron las drogas. El ex boxeador declaró que solo pensaba en las drogas y que se creía todo un dios. “Está mal lo que le hice, muy mal. Me volví como loco”, reconoció Tyson, quien vive atormentado por los recuerdos.

“Mi vida entera ha sido una mentira. Me siento incómodo cuando la gente me adora y me quiere. Me siento sucio”, confesó el ex boxeador.

El afamado y polémico Tayson, tuvo una carrera llena de victorias: fue dos veces campeón mundial de los pesos pesados, ganó 50 peleas de las 58 en las que participó y recibió más de 300 millones de dólares como recompensa. Pero este hombre que con sus puños y su boca controlaba a sus oponentes; no era capaz de dominarse a sí mismo.

¡Cuán importante es saber controlarse! Y el sabio Salomón lo dice clarito: “Como ciudad sin defensa y sin murallas es quien no sabe dominarse” (Proverbios 25:28).

viernes, 1 de junio de 2012

Sí, sí, yo soy una antisocial

Estoy harta de creer que necesito un teléfono inteligente, una buena foto en Facebook y muchos seguidores en Twitter para aparentar perfección y felicidad. Cansada de comprar el zapato que acaba de salir y de ver las revistas de moda para enterarme de las últimas tendencias y no salir media "desubicada" a mis reuniones sociales.


En la sociedad que me ha tocado vivir solo hay dos clases de personas los consumistas que viven a la carrera, que se dejan engañar de la filosofía barata: compra esto y serás feliz; y los antisociales, sí, antisociales porque no siguen las normas sociales compra esto y aquello para que seas igual a los otros.


Antisociales porque no se envuelven en el compulsivo mundo del compra, compra, compra. Quiero seguir siendo antisocial, no quiero embargarme en deudas, intentando comprar lo que no puedo; quiero arroparme hasta donde la sábana me alcance y sentirme feliz con lo que tengo "en un mundo donde la estructura social lo es todo"; tal como lo dijo el creador de Facebook: Mark Zuckerberg.


Por eso hoy como el apóstol Pablo quiero decir que "Sé vivir en pobreza, y sé vivir en prosperidad; en todo y por todo he aprendido el secreto tanto de estar saciado como de tener hambre, de tener abundancia como de sufrir necesidad".  (Filipenses 4: 12)

viernes, 18 de mayo de 2012

Hijo del sol

Tiene el pelo dorado como el amanecer caribeño, ojos verdes y piel clara, aunque un poco quemada por los imperdonables rayos del sol.

Estaba sentado en el puente peatonal de la avenida Gómez con 27 de Febrero. A estas horas debería estar aprendiendo la tabla de multiplicar del 9, clasificando las palabras agudas, graves y esdrújulas o leyendo El Principito.

Su figura escuálida denota que no come arándanos, almendras, yogourt, hojuelas de maíz o lasagna de pollo. Cada vez que lo veo suspiro. El hambre, la miseria y el tráfico de niños pedigueños son males que azotan a mi país.

Él es el rostro del verdadero Santo Domingo, él es la evidencia de que por más elevados y túneles que construyan losgobernantes este pueblo carece de lo que realmente hace que un país avance: educación, alimentación, un techo digno para vivir y servicios de salud para todos.

Se gana la vida pidiendo. Tiene menos de diez años y la frase que más repite es: "deme algo ahí".

Me mira, saca su manita, veo sus uñas negras y largas. Quiero llorar, pero eso no calmará su hambre.

He leído y visto muchos reportajes sobre la mafia organizada detrás de estos niños pedigueños, entiendo que no debo darle dinero. Saco un pedazo de pan de maíz que llevo en mi lonchera, se lo extiendo y en sus labios se dibuja una sonrisa; porque aun en su miseria, no ha olvidado sonreír. Le quita la envoltura y lo devora en cuestión de segundos.

Sigo mi camino y él continúa tirado en el pavimento, esperando que una mano generosa le dé para el almuerzo, porque su hambre siempre estará ahí.

domingo, 22 de enero de 2012

¿Chica en búsqueda o dama en espera?


Tengo casi 22 años de edad, estoy a  punto de graduarme de licenciada en periodismo y tengo un excelente trabajo. Definitivamente, Dios ha sido muy generoso conmigo.

Sin embargo, en los últimos meses he sido asediada  porque quienes me aman consideran que para estas alturas debería tener pareja.  (La gente no se conforma, ¿eh?)

Miro a mi alrededor, muchas mujeres hermosas, muy preparadas y desesperadas, (casi votando el forro, para ser más precisos) en búsqueda de su media naranja.  Andan de casería: cual león rugiente buscando a quien devorar.

Quienes me leen frecuentemente reconocen que no escribo sobre amor y demás hierbas; y no es mi propósito convertir este blog en un espacio romántico lleno de corazones, poemas y rimas. En realidad este es mi manifiesto de rebeldía ante las continuas críticas, comentarios o sanos consejos sobre cuándo es el momento apropiado, según mis asesores para formalizar una relación.

Espero que sirva de inspiración para aquellas chicas que como yo, son constantemente presionadas.

¿Por  qué tengo que  ser  una chica en búsqueda?  No necesito coquetear para llamar la atención.

No tengo que vestirme llamativamente intentado ser el centro del universo.

¡Me niego a ser una chica en búsqueda! Soporto estar un sábado por la noche en casa, leyendo un buen libro o viendo películas.

¿En verdad tengo que ser una chica en búsqueda?

La chica en búsqueda con frecuencia usa frases como: “aquí no hay hombres” o  “todos los hombres son iguales”.

La chica en búsqueda se decepciona si en el primer contacto con un joven desconocido,  no le pide su PIN, e-mail o número telefónico. La chica en búsqueda se siente incompleta cuando alguien no esta a su lado.

¿Y tú, eres una chica en búsqueda?
Tranquila que ya lo dijo el sabio Salomón, “Todo tiene su tiempo” (Eclesiastés 3:1). Y como dice mi querida amiga Anabel “No hay que correr para conseguir las cosas”.

martes, 13 de septiembre de 2011

Tacones, el peor invento

La bomba atómica encabeza mi lista de los peores inventos en la historia de la humanidad, los tacones están en el segundo lugar y el tercer premio se lo entrego al guayo. Solo nos basta mirar fotografías de Horoshima y Nagasaki luego del bombardeo nuclear en la Segunda Guerra Mundial para conocer el impacto de este mortífero invento. El guayo, según el diccionario World Reference es un árbol rosáceo de madera dura y colorada; en mi país el guayo es un instrumento de cocina muy popular usado para rallar los alimentos, bien sea queso, coco o la yuca para hacer casabe. De ahí viene la popular frase “guayando la yuca”. (Si te has rayado los dedos usando el guayo entenderás por qué lo digo).

¿Y qué decir de los tacones? De este tema soy una experta, ya sea porque desde pequeñita jugaba a ser mayor usando los tacones de mi madre e imitando su caminar con pasos coquetos y seguros; por los estrallones que me he dado con ellos y por los miles de dolores de espalda que me han causado por usarlos un largo período de tiempo.

Los tacones y yo no nos llevamos muy bien, los evito siempre que puedo. He tenido entrevistas con embajadores, prolíficos escritores, afamados músicos y me he eximido de usarlos. A veces tengo que someterme a la tortura de llevarlos: una salida al teatro, para ir a la iglesia los sábados en la mañana o una tarde de locura como aquella. No sé qué rayos pasó por mi cabeza en aquel momento, pero me puse unos tacones. Para llegar a mi destino debía caminar unas esquinas, tenía muchas opciones, pero me decidí por unas hermosas zapatillas de tacón negro. Debo admitir que una se ve regia y esbelta en aquellos zapatitos que al ser tan altos e incómodos le suben la autoestima a cualquiera.

Esa tarde de sábado luego de caminar menos de 25 metros ya estaba cansada, aburrida y adolorida. Mi instinto femenino me estaba costando muy caro. Caminaba y me quejaba, me arrepentía de llevar aquellas hermosas zapatillas (que para ese momento ya no eran tan hermosas). Me faltó llorar para completar aquel cuadro patético, pero como soy grandecita no podía hacer semejante escenita. Pensé por un momento en detenerme, descansar y continuar mi pesado viaje. Gracias a Dios que una amiga me encontró, traté de no mostrar mi desesperación y cuando se detuvo para darme llevarme en su automóvil,  puse mi mejor cara y agradecí desde el alma aquel gesto. Ya ni de broma digo que las mujeres somos tan espectaculares que podemos hacerlo todo aún con tacones

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónica de una OMSA a las 5 de la tarde

Me antojé de montarme en una OMSA. Pude haberme encaprichado con un cremoso helado de yogurt, una ducha fría o disfrutar bajo la sombra de un gran árbol, ya que la temperatura no estaba para menos. Pero como privo en chica cosmo y vanguardista decidí que ese sería mi medio de transporte para llegar al parque donde vería a una vieja amiga.
Eran las 5:15 de la tarde; tenía exactamente 45 minutos para llegar al lugar de mi cita. El viaje desde aquella parada hasta mi destino se lleva normalmente 15 minutos.
Tenía tres opciones para transportarme: OMSA, concho y voladora. Aquí en Dominicana, dentro de los medios de transporte más populares se encuentran las autobuses de OMSA, (llamados así por las siglas de Oficina Metropolitana de Servicio de Autobuses). Estos son unos viejos, destartalados y asquerosos autobuses administrados por el Estado. Hace 10 años atrás cuando se inició el servicio era muy distinto. Los autobuses eran modernos, económicos y confiables. Los usuarios no dejaban de hablar de aquellas guaguas que con $5 pesos te llevaban desde el kilómetro 9 de la Autopista Duarte hasta el Hipódromo. Un recorrido de aproximadamente 2 horas.
Las voladoras son autobuses de federaciones y sindicatos que sirven como transporte urbano en largas rutas y que irrespetando las leyes de tránsito, ponen  en riesgo la vida de pasajeros y conductores al superar los límites de velocidad. De ahí viene su creativo nombre.
Los conchos son destartalados carros públicos. Estos increíbles automóviles (que muchos pantalones me han arruinado) montan a 6 pasajeros por $25, $30 hasta $50 pesos dependiendo lo larga que sea la ruta.  
Luego de esperar de 5 a 8 minutos, abordé una OMSA supuestamente con aire acondicionado. Haría un recorrido de no más de 5 kilómetros. El autobús estaba desahogado.  Me sorprendió la baja cantidad de pasajeros que había debido a la hora, pero me imaginaba que en las próximas paradas aumentaría considerablemente el flujo de usuarios. Pagué a la cobradora con una moneda de $25 y me ubiqué como pude. Como la felicidad del pobre dura poco, en las dos siguientes estaciones abordaron muchos pasajeros.
Justo a mi lado, una señora muy coqueta; con aires de megadiva, se pintaba las uñas, ya que era su cumpleaños y quería lucir mortal para celebrar tan grande acontecimiento. No sé si era el olor del esmalte de la megadiva, el pestilente olor de los trabajadores luego de una jornada intensa de trabajo en pleno verano caribeño o simplemente mi retorcida imaginación, pero el olor de allí no era nada agradable. Por un momento me volví claustrofóbica. El viaje fue lento y pesado. 45 minutos en el autobús y cuando me desmonté por primera vez disfruté inhalar monóxido de carbono.
Música de fondo para amenizar el viaje. Una corriente selección de éxitos cristianos; logré identificar los artistas que sonaban: Lilly Goodman, René González, Tercer Cielo y Marcela Gándara.
Los tígeres que estaban en la cocina vociferaban toda clase de expresiones. No entendía lo que decían. Debo aprender un poco de jerga urbana contemporánea. Necesito escuchar una exquisita selección de Dembow.
El autobús no se movía. El tráfico vehicular estaba totalmente paralizado. Hora pico. ¡Qué horror! Intenté distraerme con el paisaje, pero fue inútil.  De repente, su mirada escrutadora e indiscreta me  sacó de absorción. Un joven de 5’6 pulgadas me estudiaba con detalle. Me sentí intimidada. No sabía que era peor, el barniz de uñas de la cumpleañera, la mirada inoportuna, el olor a gente o el apiñamiento entre los pasajeros.
Canté el Aleluya de Haendel al notar que mi parada estaba próxima. Torpemente me abrí paso entre la multitud.
-¡Perdón!
-¡Permiso!
-¡Disculpe!
Nunca había usado estas tres palabras tan seguidamente. Al fin, luego de una lucha titánica en contra de los pasajeros apiñados, la gravedad y mis debiluchas piernas, llegué a la puerta para esperar mi parada.
Luego de 1 hora y 5 minutos, estaba allí. Me desmonté del autobús y di un ligero salto. ¡Sobreviví a una OMSA a las 5 de la tarde! 
Definitivamente andar en OMSA es un deporte extremo.