Mientras limpiaba el jardín me concentré en arrancar las malezas que habían crecido entre las plantas. Quienes me conocen saben que soy amante de las plantas, y que he aprendido de ellas lecciones muy valiosas. Si te gustaría descubrir algunas de ellas, te invito a ha seguir leyendo aquí.
Al desyerbar, conversaba con Dios y recordé parábola del trigo y la cizaña. Y aunque las malezas que estaba arrancando no se parecían en nada a las plantas que ya estaban sembradas, algunas de ellas estaban tan, pero tan enraizadas, que se hacía muy difícil arrancarlas. Con el áspero movimiento para sacarlas de raíz, parecía como si también se levantaran las plantas que estaban sembradas. De hecho, algunas tenían raíces tan profundas que ni siquiera usando una pequeña pala pude sacarlas por completo. Tuve que conformarme con cortar los tallos.
Aquellas malezas con raíces tan profundas me hicieron reflexionar en cómo el pecado se puede enraizar en nuestro corazón: la envidia, la vanidad, la pereza, la falta de compromiso con Dios, nuestro amor por las cosas del mundo... Todo esto puede echar raíces tan, pero tan profundas que, arrancarlas sería un gran ejercicio. Otras eran enredaderas, malezas trepadoras que se habían apoderado de las plantas. Hay quienes en sus relaciones son como esas malezas: se acercan a otros para aprovecharse de ellos.
Le pido a Jesús que sea el jardinero de mi corazón, que con manos más fuertes saque desde la raíz la maleza; arranque la amargura y siembre buena semilla, que su Palabra eche raíz en lo profundo de mi corazón; que prepare el terreno para que dé muchos frutos; y que los frutos que produzca puedan ser para salvación. Que me convierta en un árbol cuyos frutos y sombra sean deseables para los demás.
¿Te gustaría que Jesús hiciera lo mismo en tu corazón? Si así lo deseas escribe “Amén” pon un emoji de una planta o una fruta de esas que te encanta comer.
Que Jesús, el mejor de todos los jardineros, limpie el jardín de su corazón.