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viernes, 18 de mayo de 2012

Hijo del sol

Tiene el pelo dorado como el amanecer caribeño, ojos verdes y piel clara, aunque un poco quemada por los imperdonables rayos del sol.

Estaba sentado en el puente peatonal de la avenida Gómez con 27 de Febrero. A estas horas debería estar aprendiendo la tabla de multiplicar del 9, clasificando las palabras agudas, graves y esdrújulas o leyendo El Principito.

Su figura escuálida denota que no come arándanos, almendras, yogourt, hojuelas de maíz o lasagna de pollo. Cada vez que lo veo suspiro. El hambre, la miseria y el tráfico de niños pedigueños son males que azotan a mi país.

Él es el rostro del verdadero Santo Domingo, él es la evidencia de que por más elevados y túneles que construyan losgobernantes este pueblo carece de lo que realmente hace que un país avance: educación, alimentación, un techo digno para vivir y servicios de salud para todos.

Se gana la vida pidiendo. Tiene menos de diez años y la frase que más repite es: "deme algo ahí".

Me mira, saca su manita, veo sus uñas negras y largas. Quiero llorar, pero eso no calmará su hambre.

He leído y visto muchos reportajes sobre la mafia organizada detrás de estos niños pedigueños, entiendo que no debo darle dinero. Saco un pedazo de pan de maíz que llevo en mi lonchera, se lo extiendo y en sus labios se dibuja una sonrisa; porque aun en su miseria, no ha olvidado sonreír. Le quita la envoltura y lo devora en cuestión de segundos.

Sigo mi camino y él continúa tirado en el pavimento, esperando que una mano generosa le dé para el almuerzo, porque su hambre siempre estará ahí.

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónica de una OMSA a las 5 de la tarde

Me antojé de montarme en una OMSA. Pude haberme encaprichado con un cremoso helado de yogurt, una ducha fría o disfrutar bajo la sombra de un gran árbol, ya que la temperatura no estaba para menos. Pero como privo en chica cosmo y vanguardista decidí que ese sería mi medio de transporte para llegar al parque donde vería a una vieja amiga.
Eran las 5:15 de la tarde; tenía exactamente 45 minutos para llegar al lugar de mi cita. El viaje desde aquella parada hasta mi destino se lleva normalmente 15 minutos.
Tenía tres opciones para transportarme: OMSA, concho y voladora. Aquí en Dominicana, dentro de los medios de transporte más populares se encuentran las autobuses de OMSA, (llamados así por las siglas de Oficina Metropolitana de Servicio de Autobuses). Estos son unos viejos, destartalados y asquerosos autobuses administrados por el Estado. Hace 10 años atrás cuando se inició el servicio era muy distinto. Los autobuses eran modernos, económicos y confiables. Los usuarios no dejaban de hablar de aquellas guaguas que con $5 pesos te llevaban desde el kilómetro 9 de la Autopista Duarte hasta el Hipódromo. Un recorrido de aproximadamente 2 horas.
Las voladoras son autobuses de federaciones y sindicatos que sirven como transporte urbano en largas rutas y que irrespetando las leyes de tránsito, ponen  en riesgo la vida de pasajeros y conductores al superar los límites de velocidad. De ahí viene su creativo nombre.
Los conchos son destartalados carros públicos. Estos increíbles automóviles (que muchos pantalones me han arruinado) montan a 6 pasajeros por $25, $30 hasta $50 pesos dependiendo lo larga que sea la ruta.  
Luego de esperar de 5 a 8 minutos, abordé una OMSA supuestamente con aire acondicionado. Haría un recorrido de no más de 5 kilómetros. El autobús estaba desahogado.  Me sorprendió la baja cantidad de pasajeros que había debido a la hora, pero me imaginaba que en las próximas paradas aumentaría considerablemente el flujo de usuarios. Pagué a la cobradora con una moneda de $25 y me ubiqué como pude. Como la felicidad del pobre dura poco, en las dos siguientes estaciones abordaron muchos pasajeros.
Justo a mi lado, una señora muy coqueta; con aires de megadiva, se pintaba las uñas, ya que era su cumpleaños y quería lucir mortal para celebrar tan grande acontecimiento. No sé si era el olor del esmalte de la megadiva, el pestilente olor de los trabajadores luego de una jornada intensa de trabajo en pleno verano caribeño o simplemente mi retorcida imaginación, pero el olor de allí no era nada agradable. Por un momento me volví claustrofóbica. El viaje fue lento y pesado. 45 minutos en el autobús y cuando me desmonté por primera vez disfruté inhalar monóxido de carbono.
Música de fondo para amenizar el viaje. Una corriente selección de éxitos cristianos; logré identificar los artistas que sonaban: Lilly Goodman, René González, Tercer Cielo y Marcela Gándara.
Los tígeres que estaban en la cocina vociferaban toda clase de expresiones. No entendía lo que decían. Debo aprender un poco de jerga urbana contemporánea. Necesito escuchar una exquisita selección de Dembow.
El autobús no se movía. El tráfico vehicular estaba totalmente paralizado. Hora pico. ¡Qué horror! Intenté distraerme con el paisaje, pero fue inútil.  De repente, su mirada escrutadora e indiscreta me  sacó de absorción. Un joven de 5’6 pulgadas me estudiaba con detalle. Me sentí intimidada. No sabía que era peor, el barniz de uñas de la cumpleañera, la mirada inoportuna, el olor a gente o el apiñamiento entre los pasajeros.
Canté el Aleluya de Haendel al notar que mi parada estaba próxima. Torpemente me abrí paso entre la multitud.
-¡Perdón!
-¡Permiso!
-¡Disculpe!
Nunca había usado estas tres palabras tan seguidamente. Al fin, luego de una lucha titánica en contra de los pasajeros apiñados, la gravedad y mis debiluchas piernas, llegué a la puerta para esperar mi parada.
Luego de 1 hora y 5 minutos, estaba allí. Me desmonté del autobús y di un ligero salto. ¡Sobreviví a una OMSA a las 5 de la tarde! 
Definitivamente andar en OMSA es un deporte extremo.

jueves, 4 de agosto de 2011

Efímera hoja de papel

Como de costumbre mis compañeros de trabajo y yo nos reunimos alrededor de la mesa para disfrutar de los alimentos y compartir de un agradable momento. Mientras conversábamos surgió un interesante tema. Era una tarde lluviosa, luego de la jornada de trabajo, Mercedes se dirigía a su casa en una de las famosas “voladoras”. Al montarse en el autobús notó que en el piso había hojas de papel periódico.

Una de ellas le llamó la atención, los colores y las imágenes le parecían muy familiares. Se detuvo a observar con detalle aquel papel y de repente vio su nombre escrito en él. Ese era su trabajo, horas de esfuerzo y sacrificio. Sintió que su faena no tenía ninguna importancia, que su esfuerzo era tan volátil, tan efímero, tan pasajero que solo servía para limpiar la suciedad de un viejo autobús.

Quedé pensativa en aquel asunto. Cuántas veces hacemos nuestra labor pensando en la paga que recibiremos, en las alabanzas y los premios que obtendremos.
Olvidamos que la belleza del trabajo está en hacer con alegría aún las tareas más sencillas. Nos olvidamos de poner todo nuestro esfuerzo y dedicación en cada asunto que hacemos.

He aprendido que el éxito en la vida consiste en hacer con amor y excelencia nuestro deber. La fama, los premios, los bienes materiales: todo esto se va.
Lo único que permanece y lo que da sentido a nuestra vida es vivir más allá de la rutina. Es disfrutar de cada instante como si fuese el último y poner todo nuestro empeño en cada detalle que hagan nuestras manos. La mejor paga que recibimos es la satisfacción de hacer bien lo que nos corresponde, sin importarnos qué uso le darán a nuestra efímera hoja de papel.

martes, 26 de julio de 2011

Jugando a ser periodista


"
Ninguno tenga en poco tu juventud, sino se ejemplo de los creyentes en palabra, conducta, amor, espíritu, fe y pureza". 2 Timoteo 4:12

 Me miró con indiferencia, estaba esperando a alguien más. Tal vez alguien más alto, con más libras, un rostro que irradiase experiencia y un pasado lleno de historias. Saludó a mi jefe y luego me saludó a mí. Le sonreí, porque como periodista, sobretodo, como humana, la sonrisa es el arma más poderosa que tengo. Nos presentaron, quedó sorprendida al enterarse de que yo le entrevistaría. Sacó un cigarrillo y antes de llevárselo a la boca, mientras aún buscaba el encendedor me preguntó sarcásticamente:
-¿Es que en este país está de moda que los niños jueguen a ser periodistas?
Su inquietud me dejó un tanto confundida; no tenía cómo responderle, tampoco me dio tiempo para hacerlo pues inmediatamente me bombardeó con otra pregunta:
 -¿Que edad tienes?
Con firmeza y sin titubeos le respondí:
 -¡Tengo 20 años de edad!
Y sin perder más tiempo comencé la entrevista. 
Conversamos por más de una hora. Al finalizar nuestro diálogo, aquella mujer de mediana edad, llena de vida, historias, experiencias, con una carrera envidiable y una inmensa cantidad de premios, me dijo como queriendo disculparse:
-Esta es de las mejores entrevistas que me han hecho en mi vida. Tienes mucho talento. Si este país no te aprovecha, entonces ven al mío. 
No tenía por qué disculparse, ya que en ningún momento me sentí aludida. Estoy acostumbrada a esa clase de comentarios. De hecho, me parece divertido que la gente se confunda al ver mi cuerpo y rostro infantil, mientras escuchan mis palabras. Este hecho me hizo recordar un mensaje que le fue dado a un joven hace miles de años y que todavía hoy tiene vigencia: "No permitas que nadie tenga al menos tu juventud".
No tengo mucha experiencia, ni muchos conocimientos, pero tengo todo lo que necesito para tener éxito en la vida: juventud, fuerzas, ganas de superación y a Dios como el centro de mi vida.
¡Qué gran lección aprendí aquel día!

miércoles, 25 de agosto de 2010

Una noche Blue

"No te fijes en su apariencia ni en su elevada estatura, pues yo lo he rechazado. No se trata de lo que el hombre ve; pues el hombre se fija en las apariencias, pero yo me fijo en el corazón". (1 Samuel 16:7)

Era una noche como cualquier otra. Luego de pasar por un detector de metales y enlistarme como era debido. Ingresé al mall más guay mi mai de Santo Domingo, Blue Mall.

Las luces azules y blancas bañaba mi cuerpo, la música vibrante me adormecía y la multitud, en su ir y venir, me inquietaban. Estaba ebria por el ruido que provocaba toda la gente chic de mi pequeña y pobre isla; que por cierto, no me pareció ni tan pequeña ni tan pobre al ver tanta gente con calidad, para no decir otra cosa.

Nunca, en mi inocente y pequeña mente había considerado que en nuestro pedacito de tierra existiera tanta gente "bonita" como les califica una importante editora de Las Sociales.
Apellidos exóticos, rostros lozanos, cuerpos esculturales y sonrisas perfectas. Allí los únicos negros éramos el fotógrafo, las modelos y yo. Ni siquiera los camareros.... Y claro las modelos eran así para darle un toque extravagante y exótico.

Entre conversaciones, bebidas y toda clase de bocadillos que nunca había visto, me encontraba sumergida en un mundo extraño y me sentí tan insignificante. ¡Cuántas sonrisas falsas, cuántas cirugías plásticas, cuánto derroche de lujo, cuántas conversaciones frívolas y vanas!
Aquí no se conoce el hambre, nadie sabe lo que es tener que salir corriendo de casa porque las lluvias se han apoderado de lo poco que tienes, en este salón todo está bien. Aquí se respira un aire diferente, la gente que se recrea en esta espectacular actividad vive en un país donde no hay voladoras, donde no se va la luz, donde no se pasa trabajo ni se vive mal.
Sí, hablo con rabia. Pero mucha de esta gente no tiene la culpa de ser rica y yo tampoco la tengo de ser pobre.

La noche avanzaba, realicé algunas fotografías, escribí el nombre de quienes posaban para la cámara y continúe mi caminar... Los dejé en su mundo y yo me volví al mío.
Un mundo donde hay pedigüeños, niños descalzos y hambrientos. Un mundo donde no todo es perfecto y hay que trabajar arduamente para conseguir las cosas, un mundo donde las personas no valen por su cuenta en el banco o el lugar donde pasen las vacaciones. Un mundo donde lo más importante no es el abolengo, el color de piel o la capacidad adquisitiva, sino la convicción de que todos somos hijos de un mismo padre y para Él todos somos valiosos porque fuimos creados a su imagen y semejanza.

lunes, 31 de mayo de 2010

Una dulce mañana


-¡Galletas de chocolate! ¡Galletas de chocolate!
Torpemente se abría paso entre los pasajeros que se encontraban en el autobús.
-¡Por favor, ayúdame! Cómprame una galleta de chocolate, a cinco y a diez!
Las personas lo miraban con lástima. Era un jovencito de 12 a 15 años con deficiencias para caminar y hablar.

Aquella mañana estaba tan absorta en mis pensamientos, tan concentrada en mis asuntos que ni siquiera noté cuándo y cómo entró al autobús. Pero al escuchar su voz, sus palabras insistentes, y al verle caminar sentí un calor en el pecho.

-¡Buenos días Josué! Agárrate bien, le  advirtió el conductor del autobús con una sonrisa.
Como si nada le preocupase, Josué se desplazaba de un extremo a otro en aquel autobús, buscando unos chelitos para ayudarse y probablemente ayudar a sus padres. Esta es la triste realidad que viven muchos niños en nuestro país.

-¡Por favor cómprame una galleta de chocolate a cinco pesitos! Era muy temprano para comer dulces, pero muchos de los pasajeros decidieron endulzar su mañana y compraron galletas a Josué. Algunos por compasión, o tal vez para salir del paso, y otros como yo, para llevársela a alguien que aprecia esa clase de gestos, alguien con quien pudiera compartir esta historia y alumbrar su rostro con una sonrisa esperanzadora.
-¡Chofer déjeme aquí, por favor! ¡Chofer déjeme aquí! Insistía una y otra vez aquel jovencito.
-No Josué, debes esperar la próxima parada, no puedo detenerme aquí, contestó pacientemente el conductor.

Al llegar a la parada Josué y yo nos desmontamos. Él continuó con su paso torpe hacia el oriente, mientras me dirigía al occidente. Él pregonaba a viva voz: ¡Galletas de chocolate a cinco y a diez pesitos! ¡Galletas de chocolate! Y yo pensaba en lo afortunado que es al endulzar las mañanas de muchos con su voz, su caminar, con sus galletas y con la sonrisa que comparte.

Continué mi camino y cargué conmigo la imagen de ese tierno y fuerte muchacho que me regaló una dulce mañana.