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viernes, 1 de febrero de 2013

Andar en carrito público es un deporte extremo




El chofer se desmontó para abrirme la puerta y pensé: "que chofer tan amable este". Luego descubrí que la puerta no se abría por afuera y que tenía una maña tan grande para abrirse que solo el chofer la conocía.

Me monté con suma dificultad, cerré la puerta luego de cuatro intentos; dos mujeres robustas se tomaban gran parte del asiento trasero, un señor bastante sudado estaba a mi lado y olía a mercado:rábanos, remolacha vieja y toda clase de hojas...
Al final de aquel viajecito que me salió tan caro descubrí que mi pantalón nuevecito de paquete tenía un tremendo hoyo gracias a un alambre mal puesto del asiento.

El carro estaba tan destartalado que parecía una lata vieja, el motor hacía un ruido insoportable. De pronto, mientras el chofer conducía se le salió la llave y el carro siguió avanzando. Ahí fue que me asusté.

El chofer conversaba con los pasajeros de una forma muy amena y se hacía acompañar con una bachatica a todo volumen como fondo musical.

Comenzó a llover. ¡Qué maravilla! La puerta no tenía ventana y me cayó el aguacerazo encima.

Le pasé $50 pesos al chofer y solo me devolvió 10 porque "no tenía menudo".

-"Chofer déjeme en la esquina", grité, pero la bachata me ganó y el chofer no me escuchó. Lo intenté otra vez, con una voz más fuerte: "¡por dónde pueda!" Nada, el carro seguía avanzando. Tomé aire y grité a todo pulmón: "¡Que me deje!". Por fin se detuvo el carro, una esquina después de donde me quedaba. ¡Que caro me salió el viaje!

Me consuela saber que Toque Profundo tiene vivencias muy parecidas a las mías y comparto esta canción: "Duarte con París" http://www.youtube.com/watch?v=Bvcqt01KvJAr

jueves, 8 de septiembre de 2011

Crónica de una OMSA a las 5 de la tarde

Me antojé de montarme en una OMSA. Pude haberme encaprichado con un cremoso helado de yogurt, una ducha fría o disfrutar bajo la sombra de un gran árbol, ya que la temperatura no estaba para menos. Pero como privo en chica cosmo y vanguardista decidí que ese sería mi medio de transporte para llegar al parque donde vería a una vieja amiga.
Eran las 5:15 de la tarde; tenía exactamente 45 minutos para llegar al lugar de mi cita. El viaje desde aquella parada hasta mi destino se lleva normalmente 15 minutos.
Tenía tres opciones para transportarme: OMSA, concho y voladora. Aquí en Dominicana, dentro de los medios de transporte más populares se encuentran las autobuses de OMSA, (llamados así por las siglas de Oficina Metropolitana de Servicio de Autobuses). Estos son unos viejos, destartalados y asquerosos autobuses administrados por el Estado. Hace 10 años atrás cuando se inició el servicio era muy distinto. Los autobuses eran modernos, económicos y confiables. Los usuarios no dejaban de hablar de aquellas guaguas que con $5 pesos te llevaban desde el kilómetro 9 de la Autopista Duarte hasta el Hipódromo. Un recorrido de aproximadamente 2 horas.
Las voladoras son autobuses de federaciones y sindicatos que sirven como transporte urbano en largas rutas y que irrespetando las leyes de tránsito, ponen  en riesgo la vida de pasajeros y conductores al superar los límites de velocidad. De ahí viene su creativo nombre.
Los conchos son destartalados carros públicos. Estos increíbles automóviles (que muchos pantalones me han arruinado) montan a 6 pasajeros por $25, $30 hasta $50 pesos dependiendo lo larga que sea la ruta.  
Luego de esperar de 5 a 8 minutos, abordé una OMSA supuestamente con aire acondicionado. Haría un recorrido de no más de 5 kilómetros. El autobús estaba desahogado.  Me sorprendió la baja cantidad de pasajeros que había debido a la hora, pero me imaginaba que en las próximas paradas aumentaría considerablemente el flujo de usuarios. Pagué a la cobradora con una moneda de $25 y me ubiqué como pude. Como la felicidad del pobre dura poco, en las dos siguientes estaciones abordaron muchos pasajeros.
Justo a mi lado, una señora muy coqueta; con aires de megadiva, se pintaba las uñas, ya que era su cumpleaños y quería lucir mortal para celebrar tan grande acontecimiento. No sé si era el olor del esmalte de la megadiva, el pestilente olor de los trabajadores luego de una jornada intensa de trabajo en pleno verano caribeño o simplemente mi retorcida imaginación, pero el olor de allí no era nada agradable. Por un momento me volví claustrofóbica. El viaje fue lento y pesado. 45 minutos en el autobús y cuando me desmonté por primera vez disfruté inhalar monóxido de carbono.
Música de fondo para amenizar el viaje. Una corriente selección de éxitos cristianos; logré identificar los artistas que sonaban: Lilly Goodman, René González, Tercer Cielo y Marcela Gándara.
Los tígeres que estaban en la cocina vociferaban toda clase de expresiones. No entendía lo que decían. Debo aprender un poco de jerga urbana contemporánea. Necesito escuchar una exquisita selección de Dembow.
El autobús no se movía. El tráfico vehicular estaba totalmente paralizado. Hora pico. ¡Qué horror! Intenté distraerme con el paisaje, pero fue inútil.  De repente, su mirada escrutadora e indiscreta me  sacó de absorción. Un joven de 5’6 pulgadas me estudiaba con detalle. Me sentí intimidada. No sabía que era peor, el barniz de uñas de la cumpleañera, la mirada inoportuna, el olor a gente o el apiñamiento entre los pasajeros.
Canté el Aleluya de Haendel al notar que mi parada estaba próxima. Torpemente me abrí paso entre la multitud.
-¡Perdón!
-¡Permiso!
-¡Disculpe!
Nunca había usado estas tres palabras tan seguidamente. Al fin, luego de una lucha titánica en contra de los pasajeros apiñados, la gravedad y mis debiluchas piernas, llegué a la puerta para esperar mi parada.
Luego de 1 hora y 5 minutos, estaba allí. Me desmonté del autobús y di un ligero salto. ¡Sobreviví a una OMSA a las 5 de la tarde! 
Definitivamente andar en OMSA es un deporte extremo.