sábado, 5 de abril de 2025

Un amigo de verdad

Recuerdo que cuando comenzó la fiebre de Facebook se me hacía tan extraño aceptar solicitudes de amistad, porque me tomaba 
muy literal el término. Con el tiempo fui entendiendo que aceptar una solicitud de un simple conocido no lo convertía en un amigo solo porque Facebook lo llamara así. 

Esto me hace pensar muchísimo en mi relación con Jesús. Una de las expresiones que Cristo usó para referirse a sus discípulos fue precisamente “amigos” (Juan 15:15). 

Jesús nos ofrece una amistad muy distinta a la amistad humana: la relación de amistad que desea tener con nosotros es tan íntima, sólida y profunda como su propio corazón. 
Anhela con vehemencia camina a nuestro lado, desea estrechar lazos de compañerismo recíproco. Le duele cuando lo olvidamos, cuando nos alejamos o desconfiamos de que su profundo amor.  

Su amistad sobrepasa los límites de la comprensión: mientras nosotros nos alejamos de las relaciones tóxicas, de cuya conducta amigos es reprochable; en cambio, Jesús es amigo de los pecadores (Marcos 2:16), su amor hacia nosotros no se debilita dependiendo de cuán inmundos, infieles o volubles seamos. 

Jesús está llamando a la puerta de tu corazón porque desea tener una relación de íntima confianza contigo (Apocalipsis 3:20). ¿Le dejarás entrar? 

sábado, 15 de febrero de 2025

Oficialmente ya no soy joven


Hace poco cumplí 35 años de edad. Oficialmente, ya no soy joven y he entrado en la etapa adulta. Y la verdad es que así me siento.

Ya no tengo miedo al futuro; las preguntas existenciales que me hacía 15 años atrás han encontrado respuesta. La búsqueda de libertad e independencia ya no son un objetivo para mí. 

En mi tiempo libre prefiero estar con personas conocidas, antes que conocer gente nueva. Mis amistades íntimas más recientes las hice hace 14 años atrás; puedo mantener una conversación donde escucho más de lo que hablo.

Ya no cambio una noche de sueño por nada en el mundo. Priorizo mi seguridad por encima de la diversión en actividades extremas. Entre un paquete de Doritos y una mazorca, elijo la mazorca. Ya los dulces no son mi debilidad, porque me interesa más estar saludable que disfrutar cinco minutos de placer con algo azucarado.

Me interesa poco la aprobación de los demás, lo que piensen o digan de mí. Siento que no tengo que demostrarle nada a nadie, porque hace tiempo dejé de construir mi identidad.

Me regalan más plantas para sembrar que flores recién cortadas. Cuando voy a la tienda, miro más utensilios del hogar que ropa. Puedo ir a la playa solo a sentarme y lo disfruto tanto como nadar. Ya no me molesta volver a un mismo destino de vacaciones y, además, puedo quedarme un domingo en casa en completa tranquilidad (ese es un logro que mi madre debe celebrar). 

Cuando era niña, deseaba ser joven para tener la combinación de libertad y fuerza. Y ahora que la juventud se ha ido, siento un poco de nostalgia. Tener una etapa de la vida como meta es, definitivamente, un error de inmadurez, ya que la vida no se trata de un destino, sino del trayecto. Ahora que comienzo a envejecer, veo que la juventud está sobrevalorada (probablemente, más adelante escriba una reflexión sobre esto). Pero no cometeré el mismo error dos veces. A partir de ahora, mi meta no estará en alcanzar una etapa o cumplir una tarea, sino en disfrutar del camino que Dios me presente para andar.

Y mirando un poco más hacia atrás, muchos de los grandes desafíos que comencé a experimentar a partir de los 12 años de edad ya están superados. Pero, debo reconocer que la juventud no es la única etapa que trae consigo grandes desafíos; en la edad adulta existen otros retos que enfrentar.

De hecho, pensé en uno de ellos el día de mi cumpleaños mientras conversaba con una adolescente de 14 años. Me contaba con mucha ilusión lo que quería hacer para celebrar sus quince años. Su madre le dio dos opciones: una fiesta o un viaje. La adolescente me dijo con mucha seguridad que prefería una fiesta antes que un viaje, porque, aunque sueña con conocer el mundo, nunca más volverá a cumplir 15 años y quiere celebrar esa ocasión especial con sus familiares y amigos.

Aquellas palabras me hicieron recordar cuando tenía esa edad. Yo también estaba deseosa de conocer el mundo y devorarlo, pero preferí un viaje en lugar de una fiesta. Aquella adolescente me hizo sentir nostalgia, porque ahora que he crecido, que he viajado un poco y que estoy lejos de familiares y amigos, cuánto desearía poder celebrarlo junto a ellos.

Al final, madurar es aprender que las personas son más importantes que las cosas, y que el mayor tesoro que tenemos es estar rodeados de quienes amamos ¡Ese es el verdadero regalo de la vida!


sábado, 4 de enero de 2025

Un nuevo comienzo

Probablemente para ti un nuevo año es tan solo un cambio de fecha en el calendario. Tal vez hace tiempo dejaste de hacer resoluciones de año nuevo porque a mitad de enero perdías la motivación y abandonabas tus nuevos proyectos.

Cierto, no ocurre nada mágico ni especial entre el 31 de diciembre y el 1 de enero. Sin embargo, la finalización de una vuelta completa que nuestro planeta Tierra da por el Sol podría ser una excelente razón para reiniciar nuestra vida con más y mejores motivaciones.
(Foto: Wilmer Valdez)
(Foto: Wilmer Valdez)









  • Reiniciar nuestro caminar con Dios.
  • Reiniciar proyectos personales y profesionales.
  • Reiniciar relaciones, especialmente aquellas que han estado olvidadas o dañadas.
  • Reiniciar nuestra fe.
  • Reiniciar nuestro ánimo.
Dios mismo ha prometido volver a empezar una obra especial de transformación en nuestro corazón: “He aquí que yo hago cosa nueva; pronto saldrá a la luz; ¿No la conoceréis? Otra vez abriré camino en el desierto y ríos en la soledad” (Isaías 43:19).

Cada día que Dios nos regala es una oportunidad para empezar de nuevo, ya que “sus misericordias son nuevas cada mañana” (Lamentaciones 3:23). Por esto, al empezar un nuevo año quiero animarte a renovar tu pacto con Dios, a pedirle que ponga en ti un corazón nuevo (Salmo 51:10), ya que cumpla sus propósitos en tu vida (Salmo 138:8).

Si estás cansado de hacer promesas huecas, de proponerte ambiciosas metas y no cumplirlas, Dios ha prometido renovar tus fuerzas (Isaías 40: 28-31).

Pon tus planes en manos de Dios, encomiéndale tu camino, pídele nuevas fuerzas e inicia este año agradeciendo por lo recibido y mirando con optimismo el por venir.

sábado, 8 de junio de 2024

La salvación NO es INDIVIDUAL

Antes de que comiences a evaluar o juzgar el título que he usado, permíteme explicarte un poco mi postulado. 

1. Tal y como suelen hacer mis colegas, usé un recurso atractivo para enganchar al lector. 😏

2. Estoy completamente convencida de que la salvación no es transferible, no puede compartirse y no nos salvamos colectivamente, por lo tanto es personal. Pero cuando digo que la salvación NO es INDIVIDUAL me refiero a un aspecto que muchos hemos descuidado, y te lo explico con el relato de Hechos‬ ‭16‬. 

Pablo y Silas estaban encarcelados en Filipos dentro de un oscuro calabozo, con los pies atados y bajo máxima seguridad. Pese a las condiciones en las que se encontraban, oraban y cantaban alabanzas a Dios. De repente se desató un fuerte terremoto que sacudió los cimientos de la cárcel, abrió todas las puertas y las cadenas de los presos se soltaron. Cuando el carcelero notó que las puertas de la cárcel se abrieron, intentó suicidarse, porque pensó que los presos se habían escapado. Pero Pablo le detuvo pues ninguno había huido. Aquel terremoto fue un evento sobrenatural, ya que forma milagrosa todas las cadenas se soltaron. Si yo hubiera estado en el lugar Pablo y Silas, habría aprovechado tal oportunidad para escapar, pensando que Dios había realizado tal milagro para salvar mi vida. Pero para estos hombres de Dios la vida de los demás eran más importantes que su propia libertad y comodidad. 

El carcelero tembloroso se arrodilló ante Pablo y le preguntó qué debía hacer para ser salvo. Entonces el apóstol le respondió con la famosa frase: “Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo, tú y tu casa”. Luego le presentó el evangelio al carcelero y a todos los que estaban en su casa y todos fueron bautizados aquella misma noche. El carcelero fue profundamente conmovido por la actitud de aquellos hombres que en las circunstancias más adversas alababan a Dios, y ante la posibilidad de escapar por sus vidas prefirieron salvar la vida de su verdugo. 

Pablo invitó al carcelero a creer en Jesús para que tanto él como su familia recibiera salvación. Aquella no fue una promesa hueca, no se trata de que cuando creemos en Dios automáticamente nuestros seres queridos vendrán al arrepentimiento. La familia del carcelero no fue salva solamente porque él lo fue; Pablo predicó la palabra del Señor a él y a todos los que estaban en su casa. Todos escucharon el mensaje, cada uno confió en la palabra de Dios y aceptó a Cristo. Hubo un trabajo intencional que tanto los apóstoles como el carcelero hicieron. El carcelero usó su influencia como cabeza de familia en una sociedad patriarcal para atraer a sus seres queridos al mensaje de vida que acababa de recibir. Pero cada uno debía creer y aceptar a Dios por sí mismo. 

Así que estamos claros de que la fe de una persona no puede transferirse a otra, pero cuando digo que la salvación no es individual, me refiero a que, una vez hemos recibido este mensaje de vida y esperanza, nuestro compromiso consiste en compartirlo con otros. Y la promesa de salvación extensiva a nuestros amados se cumplirá siempre y cuando realicemos nuestra tarea de compartirles el mensaje y que ellos lo reciban con humildad, tal como la familia del carcelero. 

Así que la salvación no se transfiere pero se comparte. Si no compartimos la salvación nos convertimos en obesos espirituales que comen y comen pero no se ejercitan. 

La salvación no es un mero conocimiento de la verdad, se trata de tener una experiencia genuina con Jesús. Para discipular a otros no necesitamos mucho conocimiento ni tiempo en la iglesia, tampoco necesitamos grandes talentos o un llamado extraordinario, sino tener una experiencia real y viva con Cristo, aún haya sido recientemente, tal como le ocurrió al carcelero.

Si creemos que la iglesia es depositaria de la gracia de Dios, entonces estamos llamados a ser dispensadores de esa gracia. Dejando a un lado nuestros prejuicios o preconceptos para alcanzar a quienes están viviendo en la más densa oscuridad.

miércoles, 20 de marzo de 2024

Que tu voluntad sea fiesta en mí

Hace unas semanas atrás conversaba con un grupo de amigas sobre cómo alcanzar las metas e intentaba reflexionar con ellas que, más allá de plantearnos metas específicas, medibles, alcanzables, realistas y de duración limitada; es necesario aprender a someternos a la voluntad de Dios.

Desde los once o doce años de edad cada cierto tiempo me planteaba metas, planificaba proyectos y me visualizaba sobre lo que quería alcanzar y en quién me quería convertir cuando creciera. Procuraba orar al respecto pidiendo la bendición de Dios, sin embargo en la medida en que fui creciendo fui aprendiendo que Dios no solo desea bendecir mis planes, más bien él quiere dirigir mis planes; que estos dejen de ser mis planes para que se conviertan en sus planes.

En los años recientes, aprendí con la vida de una querida amiga y compañera de trabajo, que los cristianos debemos dejar que Dios dirija nuestra vida, y esto en la mayoría de los casos implica que antes de proponerle a Dios lo que queremos, debemos rendir nuestra voluntad a él para que nos indique qué hacer.

Angie, quien hoy descansa en el Señor, me enseñó con su vida e incluso su muerte, el valor absoluto de una vida al servicio de Dios. Cada vez que en la oficina hablábamos de metas personales, Angie con mucha seguridad nos decía que había dejado de trazarse metas, que su mente y corazón estaban abiertos a escuchar la voz de Dios y dejarse dirigir. La primera vez que la escuché hablando de esta clase de sometimiento, realmente no lo entendí, me pareció extremo. Sin embargo, en la medida en que me fui adentrando en este concepto bíblico, mi mentalidad fue cambiando. Angie era sumamente enfocada, orientada a la realización de tareas y altamente productiva, así que este concepto no venía de una persona desorganizada y sin iniciativa propia.

Recuerdo que pocos días antes de pasar al descanso, conversé y oré con Angie quien sería intervenida quirúrgicamente de un procedimiento sumamente complicado. Con la seguridad que le caracterizaba Angie me dijo que iba al quirófano tranquila, y que si Dios la llamaba al descanso su vida estaba llena de gratitud, gozo y esperanza; que se sometía a la voluntad del Señor. Fue así como Angie me enseñó con su vida y muerte que el caminar cristiano es una constante renuncia al yo. 

Al estudiar la vida de los grandes héroes de fe, todos tienen algo en común: dejaron a un lado sus planes y sueños para vivir los planes y sueños de Dios. Y los planes y sueños de Dios no consistían simplemente en bendición para sus vidas, sino en salvación y bendición para otros. Por ejemplo, José no tuvo sueños: los sueños eran de Dios, él no trabajó para alcanzar sus sueños, sino que se sometió al proyecto de vida que Dios le había dado; y ese proyecto de vida no era simplemente convertirse en un hombre poderoso, sino en un instrumento de salvación. Así mismo David, mientras cuidaba las ovejas de su padre, no soñaba en convertirse en un gran rey, ni se había propuesto ser un talentoso salmista, simplemente aceptó el llamado de Dios y se dejó guiar por él hasta convertirse en el gran rey de Israel. Lo mismo Moisés, Noé, Josué y una larga lista de nombres.

Vivimos en una sociedad altamente egoísta y como cristianos muchos hemos llegado a creer que la vida de fe consiste en vivir para nosotros mismos. Ya lo decía el apóstol Santiago: “Y cuando piden, no reciben porque piden con malas intenciones, para satisfacer sus propias pasiones.” (Santiago 4:3)

En los últimos años me he propuesto dejar de ser una niña malcriada que le da órdenes a Dios, que hace berrinches y se enfada cuando él no responde conforme a mis deseos, para convertirme en una sierva dispuesta a cumplir con su mandato. Y no, no ha sido fácil. Renunciar a mis sueños y proyectos me ha constado. De hecho, no lo he alcanzado pero prosigo al blanco. (Filipenses 3:14)

A cuántas cosas me he opuesto, luchando contra la voluntad de Dios; cuántas cosas he dicho no quiero, no lo haré o si quiero, cuando en realidad estaba montada en un barco hacia a Tarsis en dirección opuesta la orden de Dios.

Y no me malinterpretes, con esto no quiero decir que la vida cristiana es improvisada, que no se vale soñar, que Dios es arbitrario y quiere imponer sus deseos, absolutamente no. Pero merece la pena detenernos en nuestro andar, reflexionar en nuestros proyectos, evaluar nuestras peticiones y escudriñar nuestros deseos: ¿estoy viviendo para la gloria de Dios o para mi deleite? ¿Estoy dispuesto a renunciar a mis planes para decirle a Dios hágase conforme a tu voluntad? ¿Busco a través de la oración insistir hasta que por fin Dios conceda mis peticiones o he renunciado a mis derechos para que se cumpla el sueño de Dios en mí? Tal como enseña Pr. Neilyn Solís en su libro Hágase tu voluntad.

Sin embargo, cuántas veces pedimos a Dios que dirija nuestros planes pero no estamos dispuestos a rendir nuestros deseos. No tiene ningún sentido pedirle a Dios que dirija y bendiga nuestros planes si no tenemos ninguna intención de abandonar nuestra voluntad en sus manos.

Por eso hoy, incluso con sueños y metas por cumplir, te pido Señor que tomes mi voluntad, la sometas y hagas conmigo como bien te parezca. ¡Estoy a tu servicio! 

“Que tu voluntad sea fiesta en mí.” (Roberto Badenas)

viernes, 15 de septiembre de 2023

Una vida transformada habla más fuerte que cualquier elocuente sermón



Últimamente he escuchado a muchos cristianos empoderarse con el argumento de que Jesús desenmascaró a los fariseos llamándoles hipócritas, Pablo entregó al diablo a los creyentes rebeldes, Juan el Bautista denunció a los poderosos de su época, y Elías señaló el pecado del pueblo. Se sienten con la misma autoridad y entienden que han sido llamados para denunciar el pecado de los demás. 

Ante tal actitud me pregunto: ¿hacen estos cristianos los milagros que ellos hicieron?, ¿el Espíritu Santo les usa con tal poder que decenas o cientos se han convertido a través de su mensaje?, ¿han dedicado toda su vida a la predicación del evangelio?, ¿han renunciando a todos sus bienes para vivir modestamente como aquellos hombres lo hicieron solo con el objetivo de llevar las Buenas Nuevas? Si la respuesta es no, entonces es muy probable que no están llamados a señalar el error ajeno, porque no tienen la misma autoridad que ellos tuvieron.

No me refiero a que vivir de espaldas a las Escrituras y a no llamar el pecado por su nombre. No se trata de hacerse de la vista gorda o confabularse con quienes viven abiertamente en pecado sin valorar la gracia transformadora de Cristo. 

Sin embargo, el llamado de Dios para sus hijos es a predicar con el ejemplo: no a llenar nuestro muro de Facebook con indirectas o a denunciar en nuestros post las faltas de otros. Cristo nos ha pedido que seamos luz, no altoparlantes. (Mateo 5:14-16) Es muy fácil señalar las faltas de otros, por impopular que parezca... pero solo un corazón transformado vive conforme a la verdad.

La mayor denuncia que podemos hacer ante los pecadores es una vida limpia y recta. Serán nuestras acciones las que hablarán por sí solas. Porque una vida transformada habla más fuerte que cualquier elocuente sermón. 

Cristo mismo murió por aquellos fariseos hipócritas, y nos advierte que revelaremos su gloria en la medida en que amemos a los demás como él nos ha amado. (Juan 13:35)

Cuando miramos a un pecador con amor, y le mostramos lo que Dios ha hecho en nuestras vidas, que cuando éramos pecadores aun así Cristo nos redimió; (Romanos 5:8) entonces ellos encontrarán esperanza y querrán conocer a ese mismo amante salvador. 

No son nuestras palabras las que cambiarán a los demás, ni siquiera nuestras buenas acciones; es el Espíritu Santo quien obra en los corazones, debemos dejar de querer hacer el trabajo del Espíritu Santo y procurar que el Espíritu nos transforme para llevar a otros a rendirse ante él. 

sábado, 12 de febrero de 2022

Más allá de la cortesía y los buenos modales

Hace poco me invitaron a impartir un breve devocional en un reinado de cortesía que celebraron en mi iglesia de origen. Me sorprendió mucho la invitación porque pensaba que esta clase de eventos, que eran muy populares cuando era niña, ya no se hacían. Luego de orar y preguntarle a Dios sobre qué decir, escribí esta reflexión para compartirla contigo.

La palabra cortesía tiene el mismo origen que cortejo. Se remonta a las antiguas cortes medievales donde se reunía el rey con sus oficiales para dictaminar los casos del día. Al oficial que se portaba bien en la corte, le llamaban cortés y la cualidad que tenía la llamaban cortesía.

La cortesía es un acto de amabilidad, atención o buena educación que se expresa a través de las buenas costumbres.
Algunos sinónimos de cortesía son:
  • Amabilidad 
  • Generosidad 
  • Gentileza
  • Consideración 
  • Urbanidad
  • Educación 
  • Delicadeza
  • Finura 
El principio en el que se fundamenta la cortesía, los buenos modales e incluso las normas de etiqueta y protocolo se encuentran en Mateo 7:12 “Así que en todo traten ustedes a los demás tal y como quieren que ellos los traten a ustedes. De hecho, esto es la ley y los profetas”.

En la Biblia encontramos muchos ejemplos de cortesía o amabilidad. Uno de ellos es Rebeca la esposa de Isaac. En Génesis 24:1-20 narra la forma en que el siervo de Abraham conoció a Rebeca y cómo quedó impactado por su generosidad, delicadeza, hospitalidad y buen corazón. 

Es indudable que la cortesía abre muchas puertas: puede darnos buena fama y buen nombre, y quién sabe si hasta conseguirnos un buen marido, tal como le pasó a Rebeca.

Sin embargo, cuando uno conoce a Jesús y recibe el Espíritu Santo necesita más que un cambio de conducta, necesita un cambio de corazón. Cualquiera puede cambiar su conducta, cualquiera con una buena lectura de libros de superación personal podría desarrollar ciertas habilidades para tratar a los demás, cualquiera con un curso de etiqueta y protocolo refina sus modales. 

Pero la vida cristiana va más allá de tener buenos modales o una conducta delicada y fina. Que por cierto, cada vez más las nuevas generaciones van perdiendo esas habilidades sociales para interactuar. Y los padres que no respinguen porque todos somos responsables de cultivar y enseñar esas buenas costumbres, y las generaciones anteriores han fallado un poco en la transmisión de esos valores. Pero no voy a argumentar sobre crianza, eso se lo dejo a mami. 

Los cristianos necesitamos una transformación total, un cambio de nuestras intensiones para que nuestra conducta sea genuina. Los políticos cuando están en campaña son los más amables del mundo: besan viejitas, cargan muchachitos, abrazan a todo el mundo, pero cuando llegan al poder pierden todas las buenas costumbres.

Los cristianos necesitamos un cambio de intenciones para vivir no buscando o mirando lo suyo propio, como dice el apóstol Pablo, sino velando por lo de los demás. (Filipenses 2:4) Esto no nos da luz verde para ser chismosos o preguntones, así que ya párele de preguntar a esa muchacha cuándo se va a casar o a esa pareja que cuándo van a tener hijos o a ese muchacho que cuándo es que va a adelgazar. Porque para considerar a los demás como a usted mismo no necesita saber sus intimidades.

Necesitamos pedirle a Dios que ponga en nuestros corazón su amor, para y que en él haya un profundo y sincero interés por los demás. Que nos enseñe a tratar a todos, incluso a los que no merecen que les tratemos bien con dignidad y respeto, como a nosotros nos gustaría ser tratados. Mirando a los demás como hijos e hijas de Dios, aunque no lo aparenten. 

Que el Espíritu Santo instale en nuestro corazón el amor ágape que es sufrido, benigno, sin envidia ni altanería. Un amor que no hace nada indebido, no busca lo suyo, no se irrita, no guarda rencor, no se goza de la injusticia, mas se goza de la verdad. Un amor que todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.