jueves, 1 de febrero de 2018

Muñequita de Myanmar

Descripción:
Estoy a la víspera de mi cumpleaños y esta es una excusa muy buena para reflexionar.

Hay muchas lecciones importantes en las que qusiera detenerme. Y mientras organizo mis ideas, veo sobre mi escritorio la muñeca Pyit Tine Htaung que me obsequió una amiga de Myanmar.

La Pyit Tine Htaung también conocida como Myanmar Tumbling, es un juguete tradicional de Myanmar. Está hecho principalmente de un colorido y atractivo papel maché (una lámina fina hecha con pasta de fibras vegetales u otros materiales molidos y mezclados con agua, secados y endurecidos). 

Estas muñecas se diferencian en tamaño, estilo y color, por lo que cada una de ellas tiene una definición y expresión únicas. Por lo general, son de color rojo y con una cara sonriente de color blanco. Pero a veces, vienen en color dorado. 

Aunque en la actualidad las niñas de Myanmar no suelen jugar con estas muñecas artesanales, todavía se guardan y coleccionan como recuerdo. 

Lo curioso de esta muñequita es que no importa el ángulo en que se arroje, siempre cae parada. Pyit Tine Htaung significa ''nunca caigas'' o ''vuelve a levantarte''.  En Myanmar, una persona que se levanta una y otra vez frente a las vicisitudes de la vida se compara con una Pyit Tine Htaung

Cuando mi amiga me entregó la Pyit Tine Htaung, me exhortó a emular su ejemplo, y no dejarme caer ante los problemas y adversidades. 

Pronto tendré 28 años de edad, y han sido muchas las veces que me he caído, en muchas ocasiones he querido rendirme y en otras, lamentablemente me he dado por vencida. Sin embargo, hoy ruego a Dios que al caer me extienda sus brazos amantes y me ayude a levantar; tal como dice Proverbios 24:16 ''Porque siete veces cae el justo, y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal''.


martes, 28 de noviembre de 2017

El día en que una familia budista me llevó a una iglesia adventista

Sería mi segundo y último sábado en Japón. Estaba muy entusiasmada con la idea de hacer homestay y conocer a la familia que me hospedaría en su casa durante los próximos tres días.

Había pasado toda la semana orando por ellos, y deseando que dicho encuentro fuera amistoso y agradable. Cuando nos presentaron, sus rostros sonrientes y su escaso español, me dio la sensación de que aquel sería un fin de semana fuera de serie. ¡Y así fue!

Ellos son budistas y como sabían que soy adventista, me preguntaron qué quería hacer durante el sábado e incluso me propusieron visitar la iglesia adventista más cercana a su casa. Mi rostro se iluminó y sin pensarlo dos veces acepté la propuesta.

Para mi sorpresa, la iglesia estaba bastante cerca del hogar donde me estaba hospedando. Al llegar, nos recibieron con tal calidez, que nos sentimos cual miembros de la realeza. Y aunque las barreras idiomáticas nos separaban, fue bastante agradable escuchar los mismos himnos y ver el mismo ritual que realizamos en Occidente. Gracias a la traducción, capté el mensaje y constaté que tenemos un mismo Dios y una misma verdad.

Pero lo que más me sorprendió fue la actitud de mi familia anfitriona, que pese a las diferencias religiosas, (diferencias diametrales) estuvieron atentos y receptivos al mensaje; respetaron la ceremonia (que es bastante distinta a la budista), y con interés participaron del servicio de adoración.

Su actitud me hizo pensar en cuán necesaria es la tolerancia. Vivimos en un mundo heterogéneo, con tanta diversidad en cuanto a religión y filosofía se refiere; por eso hoy, más que nunca, necesitamos practicar el respeto. Es increíble que los religiosos seamos intolerantes; es inconcebible, pero cierto, que en nombre de la religión se comentan los actos más atroces, las barbaries más horrendas.

Aquella familia budista hizo preguntarme si estuviera en su lugar, ¿estaría dispuesta a llevar y acompañar a un budista a su templo?, ¿qué tanto practico la tolerancia?, ¿cuán dispuesta estoy a respetar la libertad que otros tienen, aunque no esté de acuerdo con sus ideas?

martes, 24 de octubre de 2017

Lecciones aprendidas en Japón

Hace unos pocos días realicé el viaje de mi vida -al escribir estas líneas se me dibuja una sonrisa porque cada vez que realizo un viaje termino diciendo lo mismo- y es que al viajar aprendemos tantas lecciones valiosas. Por eso, en mi reciente viaje a Japón procuré anotar algunas de las más valiosas lecciones que aprendí:

1. Enfócate en el destino: Antes de llegar a Japón hicimos una parada en Atlanta; donde dormiríamos, y a la mañana siguiente volaríamos hasta nuestro destino final: Tokyo. Mis compañeros de viaje habían planificado recorrer el centro de la ciudad durante la noche. Cabe destacar que viajábamos acompañados de un grupo de 12 japoneses. Cuando llegamos al hotel, los miembros de la delegación japonesa se dispusieron a descansar, mientras que la mayoría de los dominicanos decidieron salir a pasear. Cuentan los chicos que salieron del hotel, que no lograron ir al centro de la ciudad y que tuvieron algunos imprevistos con el transporte que tomaron. Así que aquella salida resultó ser una pérdida de tiempo, dinero y energía. Mucho se nos ha dicho que disfrutemos el viaje sin importar cuál sea nuestro destino; y realmente se hace necesario aprender a deleitarse en cada etapa de la vida, y celebrar cada acontecimiento que nos conduzca al éxito; sin embargo, cuántas veces nos desenfocamos del objetivo porque nos entretenemos en el camino.

2. Que ayudar a otros sea parte de tu cultura: Quedé atónita con la amabilidad del pueblo nipón. Los ciudadanos tienen una tendencia natural a brindar ayuda, incluso a desconocidos. En todo mi viaje por distintas prefecturas de la isla, no me faltó el ofrecimiento de una mano amiga (sin considerar a empleados de líneas aéreas y hoteles) para cargar mi equipaje. 


3. Si quieres ser exitoso necesitas cultivar la disciplina, el orden y la sistematicidad: Tres virtudes muy practicadas en Japón. La filosofía japonesa está enfocada en la productividad, y para alcanzar resultados satisfactorios tanto en el trabajo como en la cotidianidad; los japoneses procuran cumplir sus tareas de manera rigurosa. No me extraña que Japón se convirtiera en una superpotencia en tampoco tiempo luego de la Segunda Guerra Mundial. Gracias a estos valores, han sacado gran provecho a su potencial. 

4. Que no quede nada en el plato: Una de las costumbres que más impacto me causó fue la cultura del ahorro. Desde el mayor hasta el más joven, los japoneses no dejan sobras en sus platos; cada quien procura servirse justo lo que se comerá. Eso de comer con los ojos, de servirse un montón de comida y luego tirarla a la basura, no solo es una mala costumbre, sino que también es visto como un gran defecto y una falta de consideración hacia los que no tienen nada. 

5. Planifica hoy lo que harás mañana: Fui a Japón para participar en el International Youth Development Exchange Program 2017, cuya agenda era bastante intensa: entre clases, conferencias, mesas de discusiones y visitas guiadas. Cada día los coordinadores del programa nos indicaban las actividades que realizaríamos al día siguiente, así cada participante podría prepararse para el próximo día. Los japoneses dejan muy poco a la improvisación.
6. Todos necesitamos una familia: Una de las actividades del programa fue hacer homestay. Durante un fin de semana debía quedarme en casa de una familia japonesa desconocida. Ya habían pasado 12 días de mi vuelo a Japón, extrañaba a mi familia, pareja, amigos y rutina, pero fue estando en el hogar de los Iwuabuchi, rodeada de cariño y buenas atenciones cuando sentí un calorcito en el pecho y se me entraron unas ganas irresistibles de volver a mi hogar. Fue allí donde recordé que todos necesitamos una familia, un lugar donde pertenecer. 

7. Déjate sorprender y atrévete a derribar los prejuicios: Una nueva amiga japonesa y yo decidimos sincerarnos y confesar los prejuicios que teníamos sobre nuestras culturas. Le confesé que antes de viajar a Japón creía que todos los japoneses era personas muy calladas, rígidas y sumamente enfocadas en el trabajo; pero luego de compartir con la cultura japonesa descubrí que también son personas detallistas, amigables y humildes. Además, tal como dice mi abuela: ''No todos los dedos de la mano son iguales'', del mismo modo en que no todos los miembros de una cultura son similares. 

jueves, 1 de junio de 2017

Curiosidad vs interés genuino


¿Por qué no tienes novio?
¿Cómo murió?
¿Cuándo se casan?
¿Esperan estar viejos para tener hijos?

Preguntas indiscretas que escuchamos una y otra vez, cuyas respuestas están llenas de intimidad.

En la era en que vivimos donde millones andan revelando sus intimidades en las redes sociales, se hace extraño que algunos se sientan incómodos ante preguntas como estas. Me incluyo en el grupo.

La curiosidad, ese natural, a veces exagerado y obsceno deseo de ver, averiguar o saber algún asunto íntimo de la vida de alguien más. Ese alguien no necesariamente debe ser un familiar o ser querido. Y ante tal deseo de averiguar, sucumbimos en la tentación de cuestionar, en muchos casos inoportunamente. Frente al fisgoneo, cabe recordar el viejo refrán: ''La curiosidad mató al gato''.

En cambio, el interés genuino va más allá de la simple curiosidad. La curiosidad es solo un deseo, pero el interés trae consigo amor, aprecio por esa persona o por la situación que le ocurre.

Cuando hay curiosidad queremos saber de más; cuando hay interés procuramos ayudar aun sin saber los detalles, causas, razones y motivos. 


Cuando sentimos interés genuino ante una situación, más que hacer preguntas, procuramos ayudar en silencio y sin llenar de interrogantes inoportunas o dolorosas. Porque, pensándolo bien, ¿de qué nos sirve saber la respuesta de una pregunta si no vamos a ayudar o si esta información no nos servirá de nada?

La curiosidad y el interés no solo afectan nuestras relaciones interpersonales; también influyen en nuestro caminar con Dios. No es lo mismo tener curiosidad, que sentir interés por conocer a Dios y entablar una amistad con él. 

La curiosidad nos hace investigar y leer la Biblia, conocer las doctrinas y descubrir la verdad. En cambio, el interés nos lleva a entablar un vínculo con Dios, a disfrutar de una relación intima y profunda, donde no siempre tendremos respuesta ante todas las preguntas.

viernes, 18 de noviembre de 2016

La diferencia entre ser y tener


La sociedad en la que nos ha tocado vivir promueve una conexión e irremediable unidad entre  ser y tener. Basta sintonizar los medios de comunicación para recibir como aluvión, la filosofía barata de que somos aquello que podemos comprar o alcanzar.

Ser y tener. Dos verbos tan distintos en su conjugación como en su significado.

Y cuán equivocados vivimos creyendo que mientras más compremos, acumulemos y alcancemos; más completos, felices y capaces seremos. Grave error en el que nos dejamos envolver. 

Es allí donde debemos poner límites, trazar una demarcación que establezca las diferencias, detenernos como sociedad y retornar a la búsqueda del valor intrínseco del ser humano. Una búsqueda individual, íntima, reflexiva, que causa desasosiego, cansancio y aunque parezca contraproducente, atrae paz, felicidad y plenitud.

Detenerme y reflexionar. Sin esperar a que otros lo hagan por mí. Porque cuando soy capaz de distinguir entre quién soy y lo que tengo, dejo de cargar con el sentimiento de carencia, dejo de obsesionarme con la búsqueda de cosas que aparentemente “necesito”. Cuando soy capaz de distinguir entre quién soy y lo que tengo, abandono la constante búsqueda de posesiones, títulos y logros.

Si soy capaz de distinguir entre quién soy y lo que tengo, llego a entender que no importa todo lo que compre, logre, lo exitosa que llegue a ser en la vida, porque aunque sienta cierto alivio momentáneo, será algo temporal y volveré a sufrir ese vacío emocional.

Detenerme y responder ciertas interrogantes ¿quién soy? ¿para qué estoy en esta tierra?
Interrogantes que indudablemente no se pueden responder por sí solas, el creador conoce mejor que nadie la respuesta estas existenciales inquietudes.
  • ¿Ya que ha dicho Dios de mí? ¡Él cree que soy única! Y todo esto me lo ha dicho en una carta de amor, la Biblia.
  • Eres mi diseño exclusivo hecho a mi imagen, con mis propias manos. (Génesis 1:26 y 27) Yo tengo de su aliento. ¡Soy exclusiva! Yo soy la idea de Dios. Fui creada a su imagen. No hay otra persona en el mundo entero igual a mí.
  • Te he coronado de gloria y de honra. (Salmo 8:5)
  • Eres linaje escogido, real sacerdocio, mi especial tesoro. (1 Pedro 2:9) (Éxodo 19:5)
  • Te escogí cuando planifiqué la creación (Efesios 1:11)
  • Tú no fuiste un error, todos tus días están escritos en mi libro. (Salmo 139:15)
  •  Fuiste hecha maravillosamente. (Salmo 139:1)
  • Yo te formé en el vientre de tu madre. (Salmo 139:13)
  • Eres hermosa, ¡en ti no hay defecto alguno! (Cantares 4:7) 
  • Te saqué de las entrañas de tu madre el día en que naciste. (Salmo 71:6)
  • No solo te hice, también te compre, te elegí, tú eres mía, eres mi princesa. (Deuteronomio 14:2) (Deuteronomio 26:18) (Tito 2:14)
  • Eres honorable, a mis ojos eres de gran estima. (Isaías 43:4)
  • No te preocupes por la comida, la ropa o la vivienda, déjame encargarme de eso. Yo soy tu proveedor y suplo todas tus necesidades. (Mateo 6:31-33)
  • Mi plan para tu futuro está lleno de esperanza. (Jeremías 29:11)
  • ¡Eres un alma libre! (Lucas 13:12)
  • Yo te rescaté y te redimí. (Juan 3:16) (Romanos 5:8)
  • Eres un regalo de amor. (Salmo 127:3)
  • Te conozco personalmente. Conozco todos tus pensamientos. (1 Crónicas 28:9) (Salmo 139:1)
  • Me gozo en ti con alegría. (Sofonías 3:17)
  • Yo estoy cerca de ti cuando tu corazón está quebrantado. (Salmos 34:18)
  • Yo soy ñoño contigo, tú eres la niña de mis ojos. Eres mi consentida y favorecida, te rodeo de mi favor siempre. (Salmo 17:8)
  • Di todo por amor a ti, eres lo más valioso que tengo. (Juan 3:16)
  • Eres mi amiga. (Juan 15:15)
  • Tengo para ti cosas grandes: sueños grandes, planes grandes, obras grandes. (Jeremías 29:11)
  • Eres mi luz, mi representante en la tierra, mi embajadora. (Mateo 5:13) (1 Pedro 2:9)
  • Eres victoriosa, esforzada y valiente. (Josué 1:9) (Salmo 112:8) (Isaías 40:29-31)
  • Estás llena de talentos y dones. (1 Corintios 12:7)
  • Eres una mujer virtuosa. (Proverbios 31: 10-31)
  • Eres visionaria, emprendedora, decidida… ¡eres mi orgullo! (Proverbios 31:10-31)
  • Eres el corazón de tu hogar. Eres la ayuda idónea para un hombre y te elegí para dar vida, criar, educar, cuidar, levantar una generación para mí.  (Génesis 2:18) (Proverbios 19:14)
  • Eres lo que necesito para extender mi reino en la tierra. (Isaías 43:1)
  • ¡Yo te amo por siempre jamás! (Isaías 43:4) (Jeremías 31:3) (Juan 15:9) (Romanos 8:38,39)
  • Tengo un final feliz para ti. (Jeremías 29:11) 
  • Te estoy preparando un hogar para que vivamos juntos para siempre. (Juan 14:3)
Yo soy lo que Dios ha dicho que soy, no soy una profesión, no soy un número de identidad, ni un monto en una cuenta bancaria. Soy de Dios, un regalo de su infinito amor.

No eres un fracaso

‘‘Antes, en todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó’’. (Romanos 8:37)
Que hayas fracasado no significa que seas un fracasado. Si lo intentas una y otra vez sin desmayar llegará el momento en que conseguirás lo que quieres.
Las personas exitosas se caracterizan porque no descansan en su intento por conseguir lo que anhelan y su trayectoria en muchos casos está marcada por el fracaso:
  • Las dos primeras empresas automovilísticas de Ford fracasaron.
  • Cuando Einstein era joven sus maestros pensaban que tenía alguna deficiencia mental. Sus calificaciones en el colegio eran tan bajas que un maestro le instó a que abandonara los estudios porque ‘‘¡nunca llegaría a nada!”. Además, no empezó a hablar hasta los 4 años de edad.
  • Disney empezó su propio negocio desde el garaje de su casa, y su primera producción de dibujos animados fue un fallo memorable. Durante su primera rueda de prensa un periodista le ridiculizó “porque no tenía buenas ideas en la producción cinematográfica”.
  • Antes de unirse a la NBA Michael Jordan fue apartado del equipo de baloncesto de la escuela debido a su “falta de habilidad”.
  • Antes de crear la primera bombilla de luz eléctrica, Tomas Alba Edison realizó más de 9,000 intentos.
Para estos exitosos hombres, el fracaso se convirtió en un trampolín al éxito. Si quieres ser grande, si deseas llegar a la cima del éxito, si tienes sueños y proyectos que parecen imposibles; no los abandones, inténtalo una y otra vez hasta alcanzar eso que deseas. Lucha contra la crítica y el desaliento, contra el ‘‘no podrás alcanzarlo’’. Vence tus temores y lánzate en el nombre de Jesús.
Y nunca olvides que Jesucristo pagó por el precio de tu victoria; triunfo constó su sangre, y si le aceptas hallarás la clave creerte vencedor.

jueves, 29 de septiembre de 2016

Perfectamente arruinada

Mi vida profesional aunque no era perfecta era apasionante. Aún no había terminado mis estudios universitarios y ya estaba trabajando en los medio de comunicación. Tenía grandes proyectos, muchos sueños y un futuro prometedor, según mis jefes, compañeros de trabajo y mis amigos.

En poco tiempo había materializado muchos de mis grandes sueños: escribir para uno de los diarios de mayor tradición y circulación del país, reportar en uno de los informativos más prestigiosos de la televisión nacional, incursionar en el área editorial, en los medios digitales, y ganar un premio gracias a mis labores periodísticas.

Hasta ese momento Dios había bendecido grandemente mi vida laboral y profesional. Era feliz y aunque con muchas responsabilidades, disfrutaba cada etapa de mi carrera. Sentía que no me pagaban por trabajar, sino por hacer lo que me apasionaba. Fue en aquel momento cuando acepté el llamado de Dios y fui arruinada, perfectamente arruinada, divinamente arruinada.

Tracé mi senda, diseñé mis planes, proyecté mis sueños pero fueron frustrados. Hasta aquel momento Dios me había concedido todos los deseos de mi corazón y me había permitido en poco tiempo alcanzar mis ambiciosas metas profesionales. Sin embargo, en ese momento Dios dijo ‘‘no’’. Sus planes eran otros para mí, y como había entregado mi corazón y mi vida a su perfecta voluntad, me fue encaminando hacia su propósito. Recordé que en mi adolescencia ya Dios me estaba llamando para cumplir con una tarea especial.

Escuché el llamado de Dios por vez primera en 2006, pero no sabía hacia dónde quería guiarme la Providencia. Dos años después volví a escucharle, en aquella ocasión indicándome la carrera profesional que debía escoger y la universidad donde debía estudiar. Pero aún en aquellos días no tenía la menor idea de lo que Dios quería hacer con mi vida.

A pocos meses de culminar mis estudios universitarios Jehová me llamaba a ‘‘abrir mi boca por el mudo en el juicio de todos los desvalidos. Abrir mi boca, juzga con justicia y defender la causa del pobre y del menesteroso’’. (Proverbios 31:8-9)
En esos días, la administración de la radio adventista me llamaba para formar parte de su equipo. Me negué rotundamente. Tenía muchas excusas, algunas de ellas muy creíbles y lógicas pero al final de cuentas eran excusas. Y allí estaba, huyendo cual Jonás, escondiéndome tal Gedeón y quejándome como Moisés.

El llamado divino fue a dar las buenas noticias de salvación, ‘‘traer alegres nuevas, anunciar la paz, proclamar nuevas del bien, publicar salvación. (Isaías 52:7) El llamado divino fue para entregarlo todo, abandonar mis sueños y seguir los sueños de Dios. Apreté mis dientes y dije que sí. ¡Mi corazón quedó molido!

Desde aquel día he tenido que recorrer un largo y duro camino. He encontrado pruebas, luchas y dificultades que sobrellevar, algunas de esas luchas han sido contra mí misma: deseos de fama, fortuna, éxito y recompensa terrenal. Otras dificultades han sido las voces de quienes me rodean y desean lo mejor para mí, he tenido que escuchar decenas de veces expresiones como ‘‘estás desperdiciando todo tu potencial’’, ‘‘estás arruinando tu carrera profesional’’, ‘‘estás perdiendo los mejores años de tu vida’’; lo peor de todo es que he llegado a creerlo.

He tenido días duros, en muchos de ellos he llorado amargamente pidiendo un cambio de ministerio; otros días he comparado mi modesto llamado con el llamado a ‘‘brillar’’ de otras personas; en algunos momentos me he sentido como un total fracaso, una hija rebelde indispuesta al servicio del Maestro.

En los últimos cuatro años he estado trabajando para Dios desde su iglesia, el Espíritu Santo me ha enseñado cuán egocéntrica, malcriada, superficial y egoísta he sido al negarme y poner peros al llamado de Dios. En muchas ocasiones me he quejado y negado a las asignaciones divinas, porque seguir el llamado de Dios incluye cada día negarse a uno mismo: a sus gustos, deseos y búsqueda de alabanza, gloria y recompensas terrenales.

Cuando mis planes laborales eran trazar una carrera profesional en los medios de comunicación seculares, ganando premios y comunicando sobre controversiales temas sociales; el llamado de Dios para mi vida era a contar las buenas nuevas de salvación.

Al aceptar el llamado de Dios también he recibido grandes satisfacciones y bendiciones como la de ver muertos espirituales resucitar, jóvenes alentados y adultos motivados a vivir para Dios. Sobre todo, he aprendido que el trabajo no define quién soy; que la satisfacción profesional no se trata de alcanzar éxito académico, premios o prestigio profesional, sino del empleo efectivo de los talentos, oportunidades y potencialidades para el servicio y ministerio de Cristo.

He entendido que no importa el lugar donde la Providencia me coloque: siendo presidenta de una nación, barriendo las calles de una ciudad, una nobel o ama de casa; lo importante es vivir bajo el principio divino: ‘‘Todo lo que hagan, háganlo de buena gana, como si estuvieran sirviendo al Señor y no a los hombres. Pues ya saben que, en recompensa, el Señor les dará parte en la herencia. Porque ustedes sirven a Cristo, que es su verdadero Señor’’. (Colosenses 3:23-24)

He dejado que Dios me indique el camino por donde debo andar y la tierra que debo labrar, mientras tanto, con voz torpe pero segura respondo al llamar: ‘‘Heme aquí, envíame a mí’’.  (Isaías 6:8)

Por ahora sigo perfectamente arruinada hasta que Cristo vuelva.